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Materialidad e inmaterialidad del texto

Por Camilo Ayala Ochoa /

25 nov 2015

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1583

Para los pitagóricos los números no sólo eran numerables sino se transferían a la realidad material por medio de proporciones tanto en la unidad del punto como en la relación de puntos que forman líneas, superficies y volúmenes. Los movimientos regulares, para ellos, expresaban sonidos que correspondían a proporciones numéricas y en el universo existía un orden, una adecuada disposición. El cielo era una escala musical. Creían que la música tenía un poder psicagógico, es decir que por atracción y persuasión era posible conectar el alma con esa armonía cósmica, pero las formas bellas, las proporciones, tenían música y quienes las contemplaban podían escucharla.

Siglos después, el romano de la época de Augusto, Marco Vitruvio Polión escribió De Arquitectura, conocido como Los diez libros de arquitectura, que es el tratado sobre arquitectura más antiguo que se preserva, pues fue impreso en 1486 por Fra Giovanni da Veroli. En De Arquitectura se aconseja a los arquitectos aprender la música o ciencia matemática de los sonidos. Entre los elementos de la arquitectura que Vitrubio describió está la euritmia que es la correspondencia simétrica de la altura respecto a la anchura y la anchura respecto a la longitud. Esa apropiada y elegante conjunción la demostraba con el cuerpo humano. Da Vinci en su Homo Cuadratus, conocido como Hombre de Vitruvio, nos muestra bajo los cánones vitruvianos, pero con algunas medidas corregidas, el equilibrio del cuerpo humano que corresponden a la razón áurea o divina proporción entre el lado del cuadrado y el radio del círculo.

A lo largo de los siglos los editores, impresores y encuadernadores han buscado y observado esas proporciones correspondientes en la materialidad del texto, en el libro como objeto, para dotarlo de elegancia, delicadeza y funcionalidad, que a fin de cuentas es lecturabilidad. Los lectores, por más primerizos o distraídos, pueden apreciar la gracia de un buen libro con portada estética, tipografía hospitalaria, rítmicos interletrados e interlineados, sutil caja tipográfica y dilatada finura en su revestimiento. Un libro con cuidado editorial expresa inteligencia, pero si su maquetación y diseño va en consonancia con la gallardía de sus materiales es, además, un libro artístico.

Un libro artístico está maquetado sobre páginas maestras que guardan relación con la jerarquía tipográfica y las familias tipográficas o tipos de letra utilizadas. Debe existir afinidad entre las divisiones del libro y los espacios en blanco, entre las capitulares, los colgados, los ornamentos, las ilustraciones y los estilos de foliación. El color del papel y las tintas empleadas son importantes. Después de doblar el papel y alzarlo, es decir organizarlo de tal manera que sus páginas guarden la misma secuencia del prototipo editorial, el proceso de imprenta cierra, como cualquier libro impreso, con la encuadernación. Los forros pueden ser de cartulina para las ediciones rústicas y de pasta dura, para las ediciones de lujo. Un empastado puede ir de la sencillez a la complejidad de utilizar cajo y cañuela, cabezada y lomo redondo. Los argumentos son muy fuertes para al abrir el canto de esas obras artísticas, leer sus letras y sus formas, escuchar esa como música maravillosa que armoniza nuestra alma con el cosmos.

En el caso del libro electrónico no se cuenta con la materialidad del texto. Al haber pocos y relativos apoyos materiales, significantes que acompañen al significado, puede decirse que el texto se defiende solo. Estamos –que se entienda bien–, no ante la orfandad del texto, sino ante otra categoría. Al leer en pantalla nos adentramos directamente a la escritura y es posible hacer participar a otros elementos como las imágenes, los límites del formato,  y la música, pero éstas no se compenetran sino acompañan al discurso. Las hibridaciones que llamamos ciberliteratura o literatura digital no pueden ser leídas de la misma manera que los libros de papel.

El contenido (texto) grabado o impreso en un continente (libro) era algo fijo, cierto, sencillo y preciso. Uno podía acudir a esos libros, consultarlos y citarlos como fuentes. Instituciones como la editorial, la librería y la biblioteca eran autoridades. En los últimos años se ha recuperado un término de la Guerra Fría para decir que vivimos en un mundo VUCA que es un acrónimo de las palabras inglesas volatility (volatilidad), uncertainty (incertidumbre), complexity (complejidad) y ambiguity (ambigüedad). Lo mismo ha pasado con los libros electrónicos que no son fijos, que están interconectados a otros textos, que propician lo disruptivo, que abren caminos a exploraciones, que invitan a desarrollar dietas cognitivas personales.

En ese mundo VUCA cualquier autoridad, como la editorial, la librería y la biblioteca, pierde el valor de su abolengo y tiene que demostrar valor de rendimiento. Para el lector del mundo VUCA, no es atractivo en sí un libro de una colección de libros canónicos de un sello editorial universitario. Lo que busca ese lector es que sea portátil y dinámico, que pueda estar en una pantalla (volatilidad), que no sea previsible y posibilite la comparación o cotejo con otros textos (incertidumbre), que de lugar a una lectura social o compartida (complejidad), y que admita distintas interpretaciones (ambigüedad). Si el sello editorial universitario no ofrece esto, lo buscará en otra parte. La editorial, la librería y la biblioteca deben, pues, reinventarse.

Camilo Ayala Ochoa

Es licenciado en Historia por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México y maestro en doctrina social cristiana en la Universidad Pontificia de Salamanca, España. Es miembro del comité editorial de la colección Pequeños Grandes Ensayos de la UNAM y de la revista Quehacer Editorial. Es autor de los libros Hidalgo: el despertar de una libertad ausente del sello editorial San Pablo e Himno nacional mexicano publicado por Impresiones Precisas Alfer. Fundó el Banco de Información de Historia Contemporánea del Colegio de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Creó el Centro de Información Libros UNAM actualmente administrado por la Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial.Es miembro del Instituto del Libro y la Lectura.