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Lectura HACKER

Por Camilo Ayala Ochoa /

17 sep 2015

/

2071

Roger Chartier advierte que la lectura en pantalla se parece a la de un rollo que se va desplegando de abajo hacia arriba, pero sólo sucede eso sin el elemento de conectividad. Cuando es posible deambular en atajos, consultar más información, producir excursos, ver perfiles de autores, comentar ideas, estamos en lo que Antonio Rodríguez de las Heras equipara a pasar de hojear textos a hacer con ellos papiroflexia. La lectura de hoy es una hermenéutica colectiva, una vivencia que se comparte mientras sucede e implica aspectos auditivos y visuales. La lectura es multimedia.

En el libro El placer de leer, coordinado por Luis Nava Moreno y publicado en 2014 por El Heraldo de Chihuahua, es curioso que varios de los autores que elogian al libro hablen de la lectura como divertimento. Pues bien, ese como juego que involucra varios sentidos, y que engloba varios puntos de atención a la vez, es la gamificación, aspecto explotado por las tabletas de lectura, los teléfonos celulares y las televisiones inteligentes. Esa es la hiperlectura. Las nuevas generaciones están cambiando la manera de leer para incorporar otros medios en la experiencia lectora. Cuando llegó Internet, el verbo leer perdió su significado. Se engendraron otras manifestaciones como ciberlectura, lectura compartida, lectura hipermedia, lectura hipertextual, lectura hipervincular, lectura social o lectura rizomática, lectoautoría e hiperlectura.

Varios científicos han alertado sobre la pérdida de la capacidad de concentración y retención en los lectores que utilizan pantallas. Es una lectura nerviosa, fragmentada, en diagonal y que salta parágrafos. Ese es “el patrón que emerge de numerosos experimentos”, nos indica Anne Mangen del Centro para la Investigación y la Educación Lectora de la Universidad de Stavanger en Noruega. Nicholas Carr fue más allá al declarar que Internet está erosionando la capacidad de pensamiento. Al contrario, otros estudios demuestran que las nuevas generaciones tienen mayor agilidad mental y capacidad de relacionar. Distintos estudios han avalado el paso del cerebro lector al cerebro navegador o cibercerebro.

También se ha señalado que cada vez se leen menos libros. Jonathan Franzen en su libro Tal vez soñar: razones para escribir novelas en la era de la imagen explica que “hace un siglo, un hombre culto leía unos cincuenta títulos de ficción al año; hoy en día, como mucho, quizás cinco”. Sin embargo, hoy por hoy las personas leen más y escriben más, como lo demuestra su participación en las redes sociales. Que esas lecturas sean sustanciosas o sean basura, depende de cada quien.

 

Pensamos que la escritura en piedra o la impresión sobre papel es algo permanente, una firma inamovible o lápida perpetua, pero un libro puede tener tantas lecturas como lectores. “El texto es como una partitura musical, susceptible de diferentes ejecuciones” decía Paul Ricoeur. Otra pluma francesa, la del poeta Paul Valéry, expresó que el lector juega con los dados que le arroja el poeta. Por eso, si leer actualmente ya no consiste sólo en comprender sino en evaluar, diremos con Daniel Cassany: “Leer en la red es más complicado que en una biblioteca de ladrillo”.

Usando la terminología de Marc Prensky, hoy tenemos migrantes digitales, quienes pasaron de un mundo analógico lleno de bibliotecas y librerías, al ciberespacio. Poco a poco a ellos se suman los nativos digitales, quienes nacieron con un ambiente en el que prevalece la pantalla. Para Emilia Ferreiro no es lo mismo ver llegar una tecnología que nacer con ella. En lo personal, veo un poco de mestizaje digital que produce varios matices, incluyendo un criollismo radicalmente tecnofílico y los saltapatrás tecnofóbicos. Lo que es innegable es la transformación de la manera de ver la vida y la cultura escrita.

Sin embargo, también hay una nueva filosofía en todo esto, de la cultura hacker cuya ética es quitar todos los obstáculos a la creatividad, vino el movimiento maker con el lema “si no puedes abrirlo no es realmente tuyo”. Las nuevas generaciones intervienen el texto, hacen suya la narrativa y transforman ideas. Tenemos entonces fenómenos como los beta readers que van desplazando a los correctores de estilo, porque no sólo vigilan la gramática sino que le sacan el mayor jugo posible al autor alfa; las fanfiction, que son obras derivadas de historias o personajes; y los prosumidores, los que consumen creando. Hay un dialoguismo literario como el que se desarrolla en la intertextualidad y la metatextualidad. En vez de diálogo, hay una muchedumbre usando libremente un texto, cambiando su inicio, su trama y su final. El texto está disponible pero puede ser enriquecido por herramientas que permiten una lectura en grupo, un comentario de textos en tiempo real. Es la inmediatez, cualidad que incluso puede llevarse a la creación. Podemos ver una obra conforme la escribe un autor o intervenir en el mismo proceso creador. La autoría participativa, la autoría descentralizada o la autoría ramificada se da en obras que modifican los lectores y que pueden reformar los lectores de esa obra modificada y así sucesiva y aleatoriamente. Son obras inconclusas, puntos suspensivos interminables. La lectoautoría es inducida por el uso de hipermedia, multimedia, interactividad, hipervínculos, menús y pantallas.

Pero esos nuevos lectores leen básicamente viejos contenidos, acuden a autores clásicos, beben vino nuevo en viejos odres. Los autores del futuro están por llegar. Ya en el mejor ejemplo de la paremiología medieval, Refranes que dicen las viejas tras el fuego (1508) del Marqués de Santillana, se lee que “a casa vieja, puertas nuevas”.

Camilo Ayala Ochoa

Es licenciado en Historia por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México y maestro en doctrina social cristiana en la Universidad Pontificia de Salamanca, España. Es miembro del comité editorial de la colección Pequeños Grandes Ensayos de la UNAM y de la revista Quehacer Editorial. Es autor de los libros Hidalgo: el despertar de una libertad ausente del sello editorial San Pablo e Himno nacional mexicano publicado por Impresiones Precisas Alfer. Fundó el Banco de Información de Historia Contemporánea del Colegio de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Creó el Centro de Información Libros UNAM actualmente administrado por la Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial.Es miembro del Instituto del Libro y la Lectura.