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La memoria simulada es memoria misma

El caso de las cuevas de Chauvet, una niña autista, y una de las programadoras originales

Por Sara Martínez /

19 oct 2021

 

Texto encontrado en (ideas;text-based;conferences; OnSimulatedMemory.txt). A les contribuidores: pueden escribir sus comentarios o hacer cambios dentro del texto sin modificar la idea general. Si quieren ver la conferencia replicada en sus propios espacios recuerden solo cambiar la extensión de .txt a .live.

 

 

El hombre es un milagro químico que sueña, se leyó en algún texto escondido en el ya difunto internet.

Me di  a la tarea —aprovechando mi privilegiada posición como investigadora— de creer en la historia. Por lo que aquí utilizo los archivos encontrados en el diario de una de las programadoras originales de nuestra isla: Ana S. Creo firmemente que los archivos no están muertos y que la memoria debería ser un valor que preservemos de manera activa. Me parece que el diario de esta programadora debería ser estudiado, leído, interpretado. Me parece que tiene algo que decirnos sobre nosotres, sobre cómo vivimos.

Hablaré del papel de la memoria de una manera muy peculiar —porque nosotres no la conocemos cómo existió en los tiempos históricos (1,400-2,100). La memoria se producía para reafirmar la condición humana. No se asumía dentro de la configuración del mundo. ¿La herramienta? El lenguaje escrito. ¿El artefacto? El libro. El ser humano era hombre; de sustancia ser; de origen y destino animal; y el deseo, escapar del destino, encontrar el origen, descubrir un sentido. El hombre se asumía como materia orgánica, finita y esa realidad material atormentaba su condición.

Para cualquier persona, hoy sería fácil afirmar que lo que en ese entonces llevaba al hombre a buscar un sentido era justamente esa misma cualidad de finitud,  la muerte orgánica. Pero no es verdad. El ser humano busca un sentido porque puede. Porque tiene la capacidad imaginativa de expandir el mundo, porque hay placer en extender el mundo, en crearlo, medirlo y sentirlo de distintas maneras. La búsqueda de un sentido no es más que la primera pulsión creativa.

Continúo mi diálogo con Ana S. aunque no pueda responderme, ni ella, ni su consciencia. Muches de mis colegas afirman que la decisión de la programadora tenía que ver con esos diarios, los cuales, claro, no leyeron. Hay una creciente idea sobre el recordar como algo peligroso, se cree que recordar aniquila o reduce el presente. Recordar —re de reiterar, cordis de corazón, regresar por el corazón. Ahora, la mayoría de les que habitamos la isla no tenemos corazón, pero sí tenemos pulso. Si llevan su dedo índice justo debajo de la quijada en una esquina lateral del cuello pueden sentir un latido. No tenemos corazón, pero tenemos pulso. Un tributo de Ana S. al cuerpo orgánico. Esta es mi propuesta: regresar por el corazón.

 

Los diarios de Ana S.

La programadora escribía un diario físico: tinta sobre un libro que ya había replicado en el código madre[1]. Se desconoce la razón, pero todo apunta a que lo hacía para que nadie más pudiera tener acceso a sus pensamientos, o para que su pensamiento no fuera colaborativo. Creo que buscaba una especie de silencio. No dejar un registro. Finalmente, el diario se registró por “razones administrativas”, según les colaboradores del repositorio en donde ahora se encuentra.

En el diario encontré una fijación por dos períodos: escribía con frecuencia sobre la etapa prehistórica, mientras tenía que diseñar el código origen de las cuevas[2] y encontró las pinturas realizadas en una cueva en el sur de Francia[3]. Su otra fijación estaba en la etapa histórica, empezó cuando encontró las pinturas[4] de una niña autista llamada Nadia, a quien se asociaba entonces con las pinturas de la cueva debido a su similitud.

        

Parece que confrontarse con las pinturas de la cueva resultó un evento irrevocable para Ana S., en sus diarios se nota que experimentó una suerte de alienación progresiva que comenzó justo cuando vio las pinturas de la cueva. Escribió sobre la extrañeza que le causaba la distancia de los medios materiales y expresivos. Expresa una falta de entendimiento sobre lo que le estaba sucediendo:

No hay ningún segmento de animación que se le compare a esto. Hay un tipo de vida ahí que no es la mía. Ayer me quedé más tiempo de lo que debía viendo las pinturas. Quería, de alguna manera, imprimir lo que sentía sobre el código. Y aquí vengo porque no sé cómo. Porque no me sale. Veía los cuerpos humanos extendidos, sobrepuestos. Lo imaginaba todo en una animación, pero una animación que no conozco, que aún no se ha descubierto. Casi como un sueño muy remoto, de esos que parecen enterrados en el subconsciente, que apenas se recuerdan y que cuando se recuerdan, duelen, porque se escurren dentro de la parte más lúcida de la mente hasta los pozos oscurísimos donde algo apenas si se puede rescatar. No logro descifrar esto que veo, y de esa misma manera es que no las puedo replicar.

Lo que detecto en este pasaje es que Ana S. estaba sintiendo una especie de nostalgia por el sentido prelingüístico[5]. Nuestro lenguaje, en tanto evolución del lenguaje predigital, viene desde la imagen-lenguaje —aquel que precede o da sentido al mundo, lo ordena y lo define. Ahora estamos evolucionando a un texto-lenguaje. Si los gestos se predicen, se reproducen, se codifican y se materializan después de un análisis preciso de lo que existe; entonces se esterilizan. O por lo menos esa parece ser la tesis de Ana S. El lenguaje histórico aún evocaba imágenes, tenía algo del lenguaje pictórico de la pre-historia.

Pero el ser humano, ¿ya dejó de ser un animal? Mis colegas se ríen de mí. No tanto  por lo absurdo que resulta querer, a toda costa, encontrar sentido en el origen, más bien se ríen porque no les parece algo importante. Pero si no examinamos las huellas digitales de Ana S., su desaparición se mantendrá en una eterna incógnita. ¿Cómo dignificamos a les creadores de este mundo si no queremos escuchar la historia de lo que implicó crearlo? Ana S. se borró a sí misma, de eso no hay duda. Si regresar a la tensión entre el cuerpo orgánico y el virtual, examinar qué hay detrás del deseo de borrar su propio archivo cognitivo no les parece una pregunta, ni una exploración importante, ¿qué salida le dan a la decisión de Ana S?

Me pregunto si los sedimentos genéticos de los cuerpos orgánicos están en nuestros cuerpos virtuales. Tenemos pulso, no lo necesitamos, pero lo tenemos. ¿Para qué? Ahora podremos identificarnos más con strings o condicionantes, ahora podremos pensar que nuestra configuración es tan lógica como una pieza de código. Pero el lenguaje lógico no es lo único que somos y tampoco es lo único que construye sentido:

Se supone que no hay objeto indescriptible, irreplicable. Que las palabras (o el texto) existen para todo. Y se supone que es mi trabajo probarlo. De mí depende que no existan pérdidas materiales, que todo exista de la misma forma en código, que un árbol luzca, huela y se sienta como árbol. Y he podido hacerlo, hay muchas cosas que no dejan de ser lo que son cuando las subo. Pero hoy vi un escarabajo en el que estaba trabajando Aida y pensé: ¿quién más va a conocer la diferencia entre <>, a partir del que creo este código y el <> programado? ¿Por qué solo nosotras tenemos derecho a ver el origen?

La reafirmación de lo que Ana es permanece. A pesar de que no iba a morir, buscaba un origen a través de la similitud que percibía o intuía con Nadia (porque era un ser humano) o con un escarabajo. Si antes el ser humano era capaz de trazar un origen lógico a partir de la similitud —entonces un insecto estaba hecho de la misma materia orgánica, biológica, química.

Todo era (y es) la historia que nos contamos de nosotros mismos. El conflicto de Ana no era precisamente de esencia, sino de narrativa. Quería saber por qué sentía que algo de las pinturas de Chauvet y de Nadia le pertenecían, pero en esa misma pertenencia sospechaba una pérdida para la que no había —o no hay— palabras:

Y algo me dicen: esos cuerpos se mueven en otro mundo y se supone que yo tengo que reproducirlos. Se supone que somos lo mismo. Pero me siento tan lejos de esas cuevas, de esos trazos. Como si existiera una llave que no puedo tener porque no la puedo nombrar.

Nuestros deseos vienen de los sedimentos, somos descendientes de les humanes y aunque nuestra estructura mental sea diferente, dentro de la pulsión creativa, queremos saber qué somos y por qué somos lo que somos.

El pensamiento de Nadia era lingüístico, el de los hombres de las pinturas de Chauvet, pictórico. La estructura mental es diferente. La forma asociativa. Las imágenes en las etapas pasadas evocaban una imagen en sentido de un impreso, una impresión. La imagen era una composición visual que, sin mediación textual, venía de inmediato a la mente. Hoy es casi imposible pensar la imagen como una abstracción —sin un texto de por medio.

Antes esto no significaba nada:

.stonebrook-tree

{

display: render;

!if-daylight[set-dimmer:auto-day];

!if-night[set-dimmer:auto-night];

}

Ahora, todos pensamos de inmediato en un árbol. Para nosotres es una relación natural. Para el hombre histórico no, la relación natural era una imagen relacionada todavía con una memoria corporal. La nuestra es una memoria mental, virtual. La imagen se vivía todos los días, se sentía todos los días, la imagen se asociaba intuitivamente con las sensaciones corporales.

Por eso se pensaba al hombre como un ser orgánico, una mezcla química, cuyo origen y destino estaba codificado por la biología. Ana S. sentía la falta del cuerpo orgánico y no la podía localizar:

Una palabra extraña: origen. Primitivo de primero. Se asocia a la pureza, si hablamos de categorías, pero no de conjuntos. Porque las pinturas de Chauvet son llamadas <> pero no puras. Primitivas de primero, si pensáramos el tiempo como se pensó antes (‘antes’, por ejemplo, ya no es categoría, pero sí parte del conjunto ‘pasado’ en la categoría ‘tiempo’).

Qué arrogante pensar que el origen se determina en el momento en el que pudimos ordenarnos. Nadia era lo mismo que yo, y que ese escarabajo, y que las pinturas de Chauvet. Ese tipo de vida extraña que latió cuando vi sus trazos cuenta la misma historia, pero ¿cómo va esa historia?

Ahora que creemos no necesitar nada, quiero afirmar que sí, necesitamos la memoria. Y que nosotros no empezamos en 2281, no empezamos con las programadoras originales. Una programadora no estaba perdiendo el tiempo cuando se maravillaba ante un escarabajo —estaba reconociendo. Porque el origen no está escrito en nuestros millones de archivos en la red —está en el cuerpo.

 

Referencias

[1] (technology; man-made; books; BorgesJorgeLuis.HistoriaDeLaEternidad.gar;)

[2] (spaces; natural-formed; caves; FranceChauvetPontdArc.gter;)

[3] (spaces; man-made; countries; France.gter;)

[4] La réplica de las pinturas parecía que estaba en (technology;man-made;paintings; NadiasDream.gpt;) pero el archivo está corrupto. O alguien lo borró o nunca se subió realmente.

[5] Esta sensación está en la fase experimental en (sensations;bodily;uncanny;PreLinguisticNostalgia.psi), ahí pueden ir a sentirlo y contribuir ya sea en el diseño sensorial, en la programación o en la interpretación categórica.

Sara Martínez

Escritora y artista enfocada en la tecnología computacional, la creación de comunidad y la salud mental como ejes de exploración a través del arte digital, el ensayo creativo y la escritura experimental. Desarrolló “Se Acabo el Futuro”, un proyecto literario sobre la experiencia sensible con la tecnología a través de la beca Fonca para jóvenes creadores en la categoría de Ensayo Creativo 2020.