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Desmantelando la red

La red digital como determinante social

Por Ulises Mejías /

22 may 2017

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Desmantelar es también despensar, desmantelar la red significa adentrarse a sus estructuras y su funcionamiento, a los intereses que operan detrás de su aparante espacio abierto y democrático en el que todos podemos particpar y todos hacemos un trabajo gratuito. "Hay un lugar en la red que es p ara todos y para todo" escribe Ulises Mejías en este preciso ensayo que también propone un camino para repensar esas mismas redes y sus nodos, para desarrollar resistencias paranodales. Ofrecemos aquí un fragmento de este ensayo que también puede leerse completo en la sección Descargables

Mi objetivo en este texto es hacer un intento por especificar el tipo de amenaza que plantea el determinismo de la red digital al observar cómo es que ésta forma parte del orden capitalista que reproduce la desigualdad a través de la participación hegemónica y consensual. La red digital es un determinante tecnológico particularmente engañoso, pues es un mecanismo para la privación de derechos que, a través de la participación, aumenta la colaboración voluntaria al mismo tiempo que mantiene y profundiza ciertas desigualdades. Es decir, la red digital aumenta los medios de participación en sociedad —como lo celebra gran parte de la literatura actual— pero aumenta la desigualdad socioeconómica en maneras que aún no entendemos por completo. Las redes están diseñadas para atraer la participación, pero entre más participamos en ellas, más desigualdad y discrepancia producen. La forma en que lo hacen —la forma en que generan desigualdad al tiempo que aumenta la participación— es mediante estrategias que incluyen: la mercantilización del trabajo social realizando para el mercado actividades que antes realizábamos fuera del mercado; la privatización de los espacios sociales, erradicando los espacios públicos y sustituyéndolos con espacios comerciales “mejorados”; y  la vigilancia de los disidentes (mediante nuevos métodos de obtención y monitoreo de datos).

La desigualdad es parte del orden natural de las redes, particularmente de aquellas que presentan un proceso de adhesión preferencial. El resultado de este proceso —ya sea que hablemos de redes de proteínas, de citas bibliográficas, o de ligas en la Web— es que los nodos que ya son ricos en esas redes tienden a enriquecerse más. Esto no es algo que deba parecernos ilógico o irracional, ya que sabemos que aún, o especialmente, en medio de una gran disparidad, aquellos que cuentan con los recursos se las arreglan para aumentar sus riquezas a expensas de aquellos que cuentan con menos recursos (lo que explica el por qué de los reportes recientes que informan que el mundo se ha vuelto más rico en medio de la recesión más fuerte que ha ocurrido en décadas)1. Lo que me interesa es observar las propiedades de las redes digitales que generan desigualdad, y explorar su impacto social, económico y político tanto dentro de la red como fuera de ésta. En otras palabras, me interesa la economía política de la participación en las redes digitales: al observar cómo la participación en éstas incrementa la riqueza de las corporaciones propietarias de las redes y fracasa en generar cualquier ganancia substancial a largo plazo para los participantes, aun cuando puede generar ganancias al corto plazo.

La premisa inicial es que la red se ha convertido en el medio a través del cual el capitalismo (que genera desigualdad como un subproducto de la generación de riqueza) puede obtener ganancias a partir del intercambio social y la producción cultural. Esto es posible gracias a que la red facilita lo que Mark Andrjevic llama cercado digital.2 Así como la transición del feudalismo al capitalismo requirió de la apropiación y cercamiento de las tierras comunales por intereses privados, el cercado digital de hoy también mercantiliza al público en sí —e incrementa la brecha económica entre los propietarios de los medios de producción (las redes digitales) y “aquellos que venden su trabajo para acceder a estos medios”  —el trabajo, en este contexto, se refiere a la participación en la red, que genera información de los usuarios, misma que “se convierte en propiedad de compañías privadas que pueden almacenarla, aumentarla, clasificarla, y en muchos casos venderla en forma de bases de datos o productos cibernéticos”3—. De este modo, las redes digitales son opresoras no por ser digitales o ser redes per se, sino por ser parte del orden capitalista que genera la desigualdad.

Esta opresión, sin embargo, rara vez es vista como coercitiva o desagradable. Por el contrario, debido a que apela a nuestro ego al permitir expresarnos, la participación en las redes digitales resulta ser creativa y placentera.
Todos se sienten bienvenidos, pues hay un lugar en la red que es para todos y para todo. La inclusión es el valor predeterminado. Uno podría decir que la participación es tanto una forma de violencia como una forma de placer: una forma de trabajo y una forma de juego —o playbor4 [palabra compuesta por Play (juego) y Labor (trabajo)]. Es una actividad que atrae al súper-ego, una 

imposición ejercida por una autoridad que, en lugar de prohibir el disfrute, “le pide a uno que disfrute.”5 El playbor continua una tendencia en donde —parafraseando a Frédéric Vandenberghe6 —lo social está cada vez más subordinado a la economía.

Más allá de ser un deseo, la participación es un impulso, una forma de coerción impuesta por el sistema. Esta lógica se ha internalizado, racionalizado y naturalizado. La participación en la red es también un modelo de ser sociable, de pertenecer a algo. Se percibe como algo socialmente gratificante. Nos da la impresión de conectarnos más.

Pero, ¿no hay algo de cierto en la afirmación de que el modelo monopolista de comunicación “uno-para-muchos” ha sido reemplazado por algo más democrático, independientemente de quién sea el dueño? A un nivel superficial, es muy cierto: en lugar de unas cuantas voces, ahora hay muchas. ¿Pero con qué se ha reemplazado al monopolio? En esta era en que los usuarios, no los monopolios, son quienes generan los contenidos, ellos mismos deciden cuáles herramientas utilizar para distribuir sus contenidos. Por ejemplo, si alguien graba un video de las gracejadas de un gatito, y esa persona quiere que el video sea visto por la mayor audiencia posible, él o ella pensará inmediatamente en un lugar dónde subir el video: YouTube. Decisiones de este tipo impulsan a los usuarios que quieren usar redes sociales, micro-blogs o compartir fotos a utilizar Facebook, Twitter y Flickr, respectivamente. 

Por lo tanto, en un momento en que el contenido generado por el usuario es el que supuestamente gobierna, el monopolio de un solo vendedor ha sido simplemente reemplazado por el monopsonio de un solo comprador. Un monopsonio, en términos económicos, representa un tipo de estructura de mercado en la que muchos vendedores encuentran un solo comprador (en oposición a un monopolio, donde un vendedor tiene muchos compradores). Lo que argumento es que el monopsonio (u oligopsonio, si no hay uno, sino unos cuantos más compradores compitiendo) se perfila, sin duda, como la estructura dominante en el mercado de la red digital. Si los usuarios quieren que sus contenidos sean de fácil acceso (o tienen la oportunidad de hacerlos virales), sólo hay un lugar donde pueden vender (o en la mayoria de los casos, no vender sino ceder) sus contenidos: los YouTube y Twitter del mundo. De este modo, uno-para-muchos no está dando el paso a muchos-para-muchos sin pasar primero por muchos-para-uno.

En cierto modo, la relación paradójica del participante con la red digital nos recuerda a la relación del sujeto colonizado con el poder colonial. Partha Chatterjee sugiere que el proyecto colonial concedió a los individuos colonizados su calidad de sujetos, pero no les concedió la ciudadanía7, les ofrecía una cosmovisión en la que pudieran ubicarse, pero restringía su participación reduciéndolos al papel del subyugado. De la misma forma, la red digital puede otorgar a los participantes una calidad de sujetos y de agencia, pero debido a que produce desigualdad, también restringe sus derechos. En resumen, la red solo puede funcionar si sus miembros se adaptan pasivamente a su lógica, no si éstos participan activamente en cuestionarla. Por lo mismo existe la necesidad de comenzar a desmantelar la red, para trascender su propio determinismo con cualquier estrategia que podamos diseñar: la de obstruir su crecimiento, desensamblar sus partes, localizar sus procesos, intensificar sus virtualidades; en otras palabras, existe la necesidad de resistir a una lógica que sólo puede pensar en términos de nodos.

 

 



1 Diken and Laustsen, “Enjoy Your Fight! - ‘Fight Club’ as a Symptom of the Network Society,” (“¡Disfruta tu pelea! - ‘El club de la pelea’ como síntoma de la sociedad en red” ), 9.

2 Vandenberghe, “Reconstructing Humants.” (Reconstruyendo a los humants)

3 Chatterjee, The Nation and Its Fragments (La nación y sus fragmentos).

4 Andrejevic, iSpy (yoEspío), 3.

5 Ibid.

6 Kücklich, "Michael Jackson y la muerte de la macrofama". Kücklich define playbor como la "personalización del ocio". Según él, esta forma de trabajo "afectiva o inmaterial" no es productiva en el sentido de resultar en un producto ". Más bien, el proceso de participación en sí genera valor. "Los medios de producción son los propios actores, pero en la medida en que sólo existen en entornos de juego en virtud de sus representaciones, y sus representaciones son generalmente propiedad de los proveedores de estos entornos, no se puede decir que los jugadores controlen plenamente estos medios."

7 Giannone, “World’s rich got richer amid ’09 recession: report.” (Los ricos del mundo se volvieron más ricos en medio de la recesión del 2009: reportan”)

 

Ulises Mejías

Ulises A. Mejías es profesor asociado en el departamento de Comunicación y director del Institute for Global Engagement en la Universidad del Estado de Nueva York, Colegio en Oswego. Su trabajo como investigador abarca estudios críticos de Internet, teoría y ciencia de redes de comunicación, filosofía y sociología de la tecnología, y economía política de los medios digitales. Tiene un doctorado de la Universidad de Columbia en Nueva York.
Es también autor del libro 'Off the Network: Disrupting the Digital World' (Universidad de Minnesota, 2013) y actualmente está trabajando con Nick Couldry de la Escuela de Economía de Londres en un libro que será publicado por la Universidad de Stanford.

Tiene la página ulisesmejias.com.