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La contrición de Mark

Por Pepe Flores /

16 abr 2018

Mark Zuckerberg da un sorbo diminuto a su vaso de agua. Los destellos de las cámaras lo hacen lucir más pálido que lo habitual. Más robótico. Más distante. Ante el Senado de los Estados Unidos, el fundador de Facebook responde durante cinco horas los cuestionamientos acerca del poder que su empresa ha amasado. Un poder basado en los datos personales de 1.9 mil millones de personas –más de la cuarta parte de la población mundial– que se han registrado en la red social.

             La explotación ilegítima de los datos de 87 millones de personas por parte de la empresa Cambridge Analytica logró que los legisladores llamaran a Zuckerberg al cadalso. Ante el paredón, Mark baja la mirada, pero los disparos yerran. Varias de las preguntas son un despropósito. Lejos de exhibir al magnate, los congresistas evidencian su desconexión con la tecnología. La oportunidad se desperdicia y Zuckerberg se luce explicándole al senador Orrin Hatch que su compañía se dedica a “poner anuncios”.

               Ese es el meollo. El escándalo es una consecuencia del modelo de negocios de Facebook. Cuando Alexander Kogan, profesor de la Universidad de Cambridge, lanzó la aplicación This is your digital life en 2014, solamente 270 mil personas aceptaron compartir su información. Facebook hizo el resto, ya que sus términos y condiciones permitían a terceros acceder también a los datos de todos los contactos de quienes otorgaron su consentimiento. Fue hasta abril de 2015 que la red social canceló esa posibilidad. A Cambridge Analytica se le reclama, por tanto, no por la recolección masiva, sino porque violó las condiciones de Facebook  al adquirir su mercancía por fuera.

             “Facebook no vende datos”, asesta Mark durante la audiencia. La afirmación no es falsa pero sí imprecisa. Facebook permite que las aplicaciones de terceros recaben información de los usuarios y después la comercialicen a otros (firmas de marketing, data brokers). La empresa tampoco cede los datos a los anunciantes, pero sí los explota para perfilar a la audiencia y generar publicidad dirigida. Facebook no vende pero sí lucra.

            Facebook es un monopolio de la explotación de datos. Ni siquiera su fundador fue capaz de nombrar un solo competidor ante los senadores. No existe, de momento, quien le plante cara al Behemot. Acaso sea el Estado –como ha hecho la Unión Europea con la Regulación General de Protección de Datos (GDPR)– quien pueda ponerle ciertas riendas desde lo jurídico, pero parece insuficiente. El arrepentimiento de Zuckerberg es una puesta en escena que lleva 15 años exhibiéndose. Su contrición es una simulación, una evasiva. Su nueva panacea es que la inteligencia artificial resolverá los problemas en cinco o diez años.

             Unos días después de que detonó el caso, Mike Schroepfer, jefe de tecnología de Facebook, anunció una serie de medidas para restringir el acceso de terceros a datos de la plataforma (cambios que, por cierto, rompieron brevemente a Tinder), así como la suspensión de acceso para aplicaciones con más de 90 días sin uso. La empresa también suspendió a otra firma que utilizó el mismo modus operandi que Cambridge Analytica. Son medidas que parecen golpes sobre la mesa. Son acciones que palian los síntomas, maquilladas como la sarta de obviedades que responde Zuckerberg ante la ingenuidad de sus interrogadores.

                Después de responderle a Hatch, Mark disimula una sonrisa. La maquinaria de hacer millones no se toca.

Pepe Flores

Pepe Flores es director de comunicación en R3D: Red en Defensa de los Derechos Digitales. Trabajó como editor de tecnología en diferentes medios en línea y es maestro en Comunicación y Medios Digitales por la Universidad de las Américas Puebla.