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INS

Por Isaura Leonardo /

26 may 2020

 

En este ensayo Isaura Leonardo entreteje lo personal de la enfermedad de la diabetes con su dimensión política y social. Reflexiona entorno a la codificación genética, corporal y sus distintas tecnologías. Nos invita a imaginar la rebelión de los cuerpos desde su interdependencia con otros cuerpos y formas de vida. 

Donna Haraway nos da esta definición en Manifiesto ciborg: “Un ciborg es un organismo cibernético, un híbrido de máquina y organismo, una criatura de realidad social y también de ficción”. No estoy segura de que mi pluma de insulina sea una máquina, pero la tomaré como tal, al menos como una prótesis en la que se han acoplado organismos vivos y esa tecnología que es la ingeniería genética. 

Me inyecto una insulina que ha sido modificada genéticamente; es decir que en ella han usado, me dice internet, una técnica llamada “ADN recombinante” con la que insertan un gen humano en la cadena de ADN de una bacteria. Codifican una nueva cadena de ADN que resulta en esta insulina que ayuda a mi páncreas a no terminar de colapsar. Inyecto en mi cuerpo un código. Un lenguaje. Información. Inyecto una nueva lectura a mi código genético que rompe, artificialmente, su codificación “natural”. Soy un ciborg, me digo con mucha convicción. Sin embargo, luego nos dice Haraway que un ciborg: “Es […] un ser no atado a ninguna dependencia, un hombre en el espacio. *Onomatopeya de llantas rechinando.* Alto, no soy un hombre (pero esto puedo dejarlo para después) y tampoco no dependo de nadie. Dependo de la industria farmacéutica. Dependo del Estado. Allí el Estado Nombre-del-Padre. Allí el Mercado.

Hace casi un año me ocurrió que no encontré una de mis plumas de insulina en la farmacia, en ninguna. Necesitaba inyectarme esa insulina antes de comer, así que hallarla me resultaba vital. No había en kilómetros a la redonda, en otras alcaldías, nada. Dependo de la farmacéutica, de los distribuidores… del Mercado. Alguien me dijo que se trataba de una estrategia para presionar al Estado. No tengo seguro médico, así que a mí el hospital federal donde me atiendo no me da insulina, entonces la endocrinóloga me cambió la marca. ¿Cómo transgredo así las fronteras? Acaso lo único rescatable en esta experiencia fue la red de personas que se creó para ayudarme a encontrar una pluma de insulina por toda la ciudad. ¿Cómo transformar en potencia este control que el Mercado ejerce sobre mí, diabética insulinodependiente?

Dice Paul Preciado en Un apartamento en Urano

Es necesario inventar formas de vivir soberanas frente a la doble hélice del Estado patriarcal-mercado neoliberal. Es necesario crear cooperativas de usuarios politizados, cooperativas que nos permitan ganar soberanía tanto frente a las instituciones patologizantes, como frente a la industria farmacéutica y sus ambiciones de beneficio genocida. Las cooperativas de usuarios politizados están llamadas a ser lugares en los que no solo se produzcan y distribuyan sustancias, sino también saberes: lugares de autodiagnóstico, de producción autónoma, ecológica y sostenible y de distribución justa. Abandonemos las listas de espera mortecinas y sumisas. No dejemos caer ni un bisonte más. Saltemos sobre el último caballo que nos queda y salgamos huyendo (p. 270).

Atrapada en medio de la doble hélice siento lo que dice Haraway de nuevo en su Manifiesto… “Desde una perspectiva, un mundo de ciborgs es la última imposición de un sistema de control en el planeta, la última de las abstracciones inherentes a un apocalipsis de Guerra de Galaxias emprendida en nombre de la defensa nacional, la apropiación final de los cuerpos de las mujeres en una masculinista orgía de guerra”, ¿cómo transitar a la otra perspectiva?: “Desde otra perspectiva, un mundo así podría tratar de realidades sociales y corporales vividas en las que la gente no tiene miedo de su parentesco con animales y máquinas ni de identidades permanentemente parciales ni de puntos de vista contradictorios”. Me gusta la ficción de Haraway: “[…] una especie de sociedad ciborg dedicada a convertir de manera realista los laboratorios que encarnan y vomitan con más ímpetu las herramientas del apocalipsis tecnológico, dedicadas a construir una forma política que trate de mantener juntos a brujas, ingenieros, ancianos, perversos, cristianos, madres y leninistas durante el tiempo necesario para desarmar al estado”. Ciborgs que no quedemos atrapadas en medio de la doble hélice, bisontes que se salven del precipicio. Pero también mucho más, ciborgs desafiantes en una utopía sin géneros, como le gusta imaginar a Donna Haraway.

¿Cómo? No soy capaz de fabricarme mi propia insulina, de combinar mis genes con los de una bacteria. Y me sale barato, digamos, porque podría también tener una bomba de insulina conectada a mi páncreas, una máquina pegada a mi cuerpo que lance dosis de insulina inteligentemente cada vez que lo necesite. Un algoritmo de control injertado en mi cuerpo. No puedo hacerlo sin Estado-Mercado. Tal vez estoy leyendo mal, es mi problema con la literalidad. Si los organismos y las máquinas pueden abrirse (en un “espacio ideológico”) como “textos codificados a través de los cuales nos adentramos en el juego de escribir y leer el mundo” pienso entonces en cómo escribir desde la falla de mi páncreas para producir su insulina y desde mi acoplamiento anómalo con una bacteria y no desde el “perfeccionamiento”, esto es, al mismo tiempo zafar de la lógica de la biogenética que pretende “perfeccionar” a los organismos.

 

Hace un par de años intenté traducir las gráficas de mis subidas y bajadas de glucosa (los mg/dL) a golpes de zapateado con mis zapatos de flamenco sobre una tabla. Fue una búsqueda personal, quería hacer algo con esos números, con las cansinas mediciones de glucosa que debo hacer todo el tiempo. Estaba haciendo ficción, me imaginé bailaora con una bomba de insulina adherida al abdomen que produce compases para bailar al son de una gráfica que sube y baja según el ritmo de mi gotita de sangre, y se ajusta gracias a un agente externo que acopla máquinas, bacterias y a mí, esta humana que soy. Yo bacteria bailaora. 

A esta fantasía de baile producido por subidas y bajadas de glucosa, sumé la incapacidad de resistencia de mi cuerpo con fibromialgia. Jamás bailar como si no estuviera enferma, todo lo contrario: bailar como este cuerpo puede, cuando puede, si puede. ¿Qué derivas, desviaciones, rutas y puntos de fuga puede producir el síntoma, la chuequez?

Pienso en la película de Vin Diesel (Bloodshot, dir. Dave Wilson, EUA, 2020) que acabo de ver: él es un soldado modificado genéticamente, codificado, mejorado, que una empresa “high-tech” utiliza como sicario. El sueño de la modificación genética en la industria bélica: soldados inmortales. Personas máquinas de matar, literalmente. Y luego recuerdo la película Especies (dir. Roger Donaldson, EUA), una cinta de mediados de los noventa en la que un ser mitad humano, mitad alienígena encarnado en una bellísima rubia busca reproducirse y desecha a un prospecto porque es diabético. Esta mujer-alien pretende reproducirse, pero mejorada, para una posible conquista de la especie humana: una fantasía ciborg libre de impurezas, eugenésica, de mejoramiento militar y de (xeno)fobia, o sea, la fantasía ciborg masculinista que dice Haraway. No quiero imaginarme soldada de una cruzada del mundo sin diabetes. Sí, suene como suene. No quiero eso para mí. No es el tipo de ciborg que quiero ser. Me quiero bailaora-bomba de insulina o manada de bisontes.

 

Tiempo de cuarentena

Escribía esto mientras en México se inició la Jornada de distanciamiento social por la pandemia de Covid-19. No quiero llamarla “sana distancia” porque recuerdo el lema de la dictadura argentina: “Salud es silencio” y me da repelús. [No comparo las situaciones, un lema me recuerda al otro y mis escalofríos se activan, son las palabras]. Estoy en semicuarentena junto a mi madre de 71 años, prefiero quedarme con ella a cuidarla, pero soy paciente con diabetes descontrolada. La cuido y me cuido. O enfermamos juntas. Pertenezco al grupo de personas vulnerables. Este ciborg soy: no mejorada, desmejorada, imperfecta, contaminada con esta diabetes que no permite el mejoramiento de la especie. Con esta autoinmunidad que me ataca cuerpo adentro. 

Diabetes LADA, fibromialgia, ansiedad… allí, incapaz de pertenecer al ejército de ningún Estado. Queda quizá formar mi propia máquina de guerra con otras personas enfermas, imaginarnos posibles en un mundo donde existió el plan Aktion T4 (el exterminio con gas de personas enfermas, deformes, discapacitadas durante el Tercer Reich, en la Alemania nazi), en un mundo donde hoy se decide sobre la vida de personas ancianas, improductivas, sacrificables. En un mundo donde cada tanto se restituye el Apothetae (‘lugar del abandono’), el despeñadero a las faldas del Monte Taigeto a donde entonces los ancianos lanzaban a los recién nacidos deformes, esos que no podrían ser soldados espartanos perfectos y saludables.

Imagino más: agitar las plumas de insulina, los bastones, los inmunosupresores, erigirlos como espadas de guerreros expulsados de las filas del ejército perfecto; salvarnos del genocidio, del atrapamiento en la doble hélice Estado-Mercado, reproducir nuestras imperfecciones, hacer posible nuestra vida, hacer aparecer el glitch; no devenir hombre no dependiente, sino ser esta mujer interdependiente no solo de otros cuerpos y vidas humanas, también de bacterias y bisontes. Nunca más perecer en el lugar del abandono. Del Apothetae  a la imaginación combativa. Ciborgs anómalos.

Isaura Leonardo

Isaura Leonardo estudió Letras Hispánicas en la UAM Iztapalapa. Es editora e investigadora independiente. Escribe sobre genocidio, testimonio de guerra, cultura y lenguaje. Coedita la revista digital Jerónimomx. Ha publicado en Gatopardo, Nexos y Horizontal, entre otros medios.