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Abrir la cocina, hacer común el guiso

La alimentación y los cuidados colectivos como tecnologías afectivas de resistencia

Por Valeria Mata /

7 feb 2023

Este es el texto final de la trilogía en la que Valeria Mata nos invitó a repensar la alimentación. La autora busca replantear el ámbito político de la alimentación y los cuidados no entendiéndolos como algo de hay que eliminar, sino como aquello que hay que colectivizar a través de la organización popular que sostiene la vida y de tecnologías afectivas de colectividad.

Entre los años 1915 y 1917, la arquitecta autodidacta Alice Constance Austin imaginó una comuna socialista sin cocinas en las casas. El modelo planteaba una ciudad ubicada al norte de Los Ángeles que albergaría a 900 personas y fomentaría la convivencia en espacios públicos. Cada vivienda estaría conectada a una cocina central a través de una red de trenes subterráneos que tendrían la función de llevar alimentos y ropa a los puntos de conexión. De forma rotativa, los habitantes darían servicio a esta cocina centralizada.

Austin creía que las casas sin cocina podían reducir el trabajo doméstico no remunerado para que las mujeres tuvieran la posibilidad de entrar plenamente en la esfera pública.

Alice Constance Austin mostrando su modelo de ciudad en 1917

En varios países europeos, en el contexto de las guerras mundiales, surgieron cocinas colectivas para enfrentar la escasez y el control de alimentos. En Reino Unido aparecen las Communal Kitchens (cocinas comunitarias) y las National Kitchens (cocinas nacionales) que buscan reducir las tareas del hogar y disminuir los costos mediante cocinas colectivas para que las mujeres dedicaran más tiempo a los trabajos relacionados con la guerra.

A partir de la crisis de 1929, en Estados Unidos, las mujeres que durante la guerra habían ocupado puestos de trabajo, regresaron a sus casas. El gobierno y las empresas vieron la cocina como un lugar ideal para alimentar hábitos de consumo individual y no colectivo. La comercialización de electrodomésticos incrementó –era más beneficioso vender treinta hornos que uno industrial– y, través de la publicidad, se promovía la idea de que estos nuevos aparatos hacían todo más rápido y podían sustituir el acto de cocinar. La mujer pierde en pocos años muchos privilegios.

Poco a poco empezó a cuestionarse el rol de la mujer en el espacio doméstico. Desde el feminismo blanco empezó a hablarse de la cocina como un lugar de encierro que reproducía roles históricamente opresivos para las mujeres, por lo que había que cuestionar o incluso eliminar estos espacios. Con la externalización de las tareas reproductivas, las mujeres que pudieron permitírselo transfirieron gran parte de las tareas domésticas a otra mujer, casi siempre migrante, de clase obrera o perteneciente a algún grupo indígena, lo que generó nuevas formas de opresión y desigualdad.

Aunque en muchos países del norte global exista una cultura de la propiedad y la individualidad en relación con la casa, muchas culturas comparten las tareas culinarias y eliminan la necesidad de una cocina individual y privada.

Limpieza del local comunal del comedor San Martín del Once, Lima (foto de Eleazar Cuadros)

En varios casos, la cocina es un lugar de socialización y no de aislamiento, y cada vez surgen más modelos en los que no se busca la eliminación sino la apertura de la cocina, pues ésta se concibe como un espacio de labores compartidas donde es posible reconfigurar relaciones de subalternidad a través de la organización colectiva.

El caso de los Comedores Populares de Lima, en Perú, es especialmente interesante. Estos espacios nacieron a finales de la década de 1970 en medio de procesos intensos de migración del campo a las ciudades y durante un periodo de gran movilización social. Varias agrupaciones de mujeres o “clubes de madres” empiezan a montar cocinas comunitarias como lugares de gestión colectiva de la alimentación y los cuidados que, poco a poco, se convierten en espacios de resistencia política donde las mujeres desarrollan su capacidad para liderar proyectos comunitarios.

El hecho de que cada familia se encargue de la realización de las actividades reproductivas por separado, supone que las mujeres pasen la mayor cantidad de su tiempo dentro de las fronteras del hogar con acceso limitado a la información y pocas posibilidades de interacción. Los comedores populares autogestionados supusieron un cambio radical en el trabajo reproductivo, pues rompieron con la idea que sostiene que la alimentación y el cuidado son trabajos aislados y circunscritos al ámbito privado: se pasa de la preparación individual a la preparación colectiva de los alimentos; se traslada parte del cuidado de niños y niñas al espacio del comedor; los problemas de salud son atendidos con el apoyo de las compañeras; la autonomía alimentaria surge frente a la ausencia de apoyos del Estado. Se encuentra en el comedor la oportunidad de escapar de los problemas domésticos, salir de casa y entrar a espacios de participación. Con el sistema de turnos, hay más tiempo libre para las mujeres que puede destinarse a otras actividades, como el estudio, el descanso, el juego o la organización política.

Es decir, los comedores populares se convierten en espacios que hacen visible el trabajo reproductivo para que sea considerado un asunto de interés público. Además, se llevan a cabo prácticas de reciprocidad y economía solidaria muy presentes en el ámbito rural que se recrean en la migración a las ciudades y se contraponen con valores individualistas.

Comedor comunitario en la Ciudad de México

En México existe una iniciativa que, si bien no nace necesariamente de la organización popular, sí ha convertido en espacios colectivos a varias cocinas que antes existían como espacios privados. En 2009, el gobierno de la Ciudad de México inició el programa Comedor Comunitario, que consiste en cocinas mitad públicas, mitad privadas dentro de casas, locales, cocheras o patios. Cualquier persona residente con un espacio mayor a 30 metros cuadrados puede aplicar a este programa y, si la solicitud se acepta, el gobierno aporta una cocina industrial y subsidia la entrega de alimentos cada dos semanas para que puedan prepararse menús diarios.

Pueden encontrarse experiencias de organización popular a través de los alimentos en muchos países. Chile y Argentina, por ejemplo, tienen una tradición importante de ollas populares, una forma organizativa que agrupa a varias familias que viven en una misma área y que, en situaciones de hambre y escasez, deciden poner en común recursos económicos, alimentos y, sobre todo, su trabajo e iniciativa para cocinar en conjunto. Inicialmente, estas ollas nacen como un instrumento de denuncia casi siempre transitorio para solucionar las comidas dentro de huelgas, protestas o crisis económicas, donde una vez solucionado el conflicto, la olla se disolvía. Sin embargo, aunque en un inicio surgen como estrategias urgentes para afrontar momentos de dificultad, estas experiencias se transforman en grupos organizados que se consolidan y forman estructuras para mantenerse en el tiempo, pues el hambre es persistente y hay que enfrentar su solución.

Más allá de resolver la subsistencia, las ollas populares y comedores comunitarios son ante todo una organización, y pasan a ser también espacios de participación activa, en especial para las mujeres. Además, configuran relaciones colectivas fuera del ámbito doméstico para visibilizar una problemática que de otra manera quedaría oculta dentro de las paredes de lo privado.

Actualmente, en estos comedores se prepara comida diaria para casi medio millón de personas, con más de cien mil mujeres que operan y gestionan las cocinas.

Valeria Mata

Es investigadora y antropóloga social.

Ha cursado estudios en la Universidad Complutense de Madrid, la Universidad Autónoma Metropolitana en la Ciudad de México, y la Escuela de Estudios Asiáticos y Africanos en Londres. Sus líneas de investigación se han centrado en los cruces entre las prácticas artísticas y la antropología, la antropología del viaje y el turismo, y la dimensión política y cultural de la comida.
De 2015 a 2019 dirigió MUEVE, una biblioteca pública itinerante de publicaciones independientes latinoamericanas.
En 2018, publicó el libro Plagie, copie, manipule, robe, reescriba este libro, que aborda el tema de la copia como herramienta crítica en artes visuales y literatura. A partir de dicha investigación, ha impartido varios talleres y seminarios sobre el tema.
En 2019 realizó una residencia curatorial en el HOW Art Museum de Shanghái, China.
Su segundo libro, Todo lo que se mueve, publicado en 2020, explora el significado del nomadismo, el movimiento, y los diferentes aspectos del viaje.